¿Estamos extinguiendo el Romanticismo?

La Sociedad Moderna, este maravilloso periodo en el que hoy hombres y mujeres protagonizamos nuestra propia historia. Atrás quedaron los días en los que la lectura cumplía un papel fundamental para el desarrollo de nuestra creatividad. Poco a poco hemos ido intercambiando tediosas horas de páginas por hora y media de fascinantes películas, al final sentimos que hemos ganado valioso tiempo para ocupar en cosas más importantes… Resultaría totalmente inaceptable pasar un día sin enterarnos de todo lo que acontece entre nuestros contactos virtuales de Facebook. Nos enteramos más de sus vidas por lo que leemos en una pequeña pantalla que por lo que escuchamos a través de sus propias palabras y cuando les tenemos en frente seguimos buscando el brillo de la pequeña pantalla por encima del brillo de sus ojos.

¿Qué sentido tiene ahora mismo cortejar cuando su principal objetivo ha sido reemplazado por una garantía de conquista absoluta? Conocemos a una persona, intercambiamos números y de mutuo acuerdo entendemos que solo nos interesa pasarla bien, puntualizando claramente “Sin ningún tipo de compromisos”. Un buen temblor en las piernas es todo lo que necesitamos para seguir en contacto y todo esto sin el menor esfuerzo, solo basta una atracción física para comenzar el viaje hacia una fantástica relación donde lo único que se deja descubrir es lo que esconde un poco de ropa. En un rincón empolvado hemos dejado marchitándose a la vista del otro nuestras aficiones, nuestro sentido del humor, nuestros miedos y nuestras metas. Al final nada de esto es buen material para llevar a la cama y nos interesa más compartir fluidos que proyectos en común.

Si decidimos en algún momento mirar atrás recordaremos con absurda nostalgia una época en donde dedicar una canción era sin lugar a dudas hacerle el día a esa persona especial y si algo en la letra no encajaba con lo que sentíamos solo tocaba seguir buscando hasta encontrar la perfecta. Muchos llegamos a caminar con un ramo de flores tan llamativo que nos hacía blanco fácil de fulminantes miradas de envidia. Más de uno habremos despertado al sonido de una serenata y al día siguiente tocaba aguantar los reclamos de la vecina por privarla de su sueño. Ni hablar de esas llamadas a las tres de la mañana cuando nuestro cerebro se encendía con algunos tragos de más y como consecuencia comenzábamos a soltarle a quien se encontraba al otro lado del aparato lo que en pleno uso de nuestras facultades no nos atrevíamos (así era como sabíamos que no le eramos del todo indiferentes). Quizás algunos aun conservamos las cartas escritas a mano de nuestro primer amor, donde nos decía que nos necesitaba como la tierra al sol, como el aire para respirar o un montón más de tonterías que a nuestros treinta y tantos quizás aún conservamos en lo más oscuro de nuestro inconsciente pero jamás nos atreveríamos a sacar a la luz.

Hemos reemplazado los poemas por emoticones, las cartas por Tinder, los pétalos en la cama por…. En fin, el caso es que nos enorgullecemos de ello. El arte de seducir no es más que enviar esas fotos que nos hemos tomado frente al espejo y nos resalta como perfectos y saludables especímenes aptos para la reproducción. Mujeres intentando no parecer complicadas huyendo de la escena después de un buen polvo y hombres proyectándose como sentimentalmente inaccesibles. Todos girando alrededor de un círculo vicioso donde queremos sentirnos amados pero no amarrados. Todos siendo culpables hasta que se demuestre lo contrario.

Atrás quedaron los días en los que descifrar a una persona nos costaba algo más que un par de copas. Esos mismos días en los que buen despecho se mataba con horas enteras en el sofá en compañía de alguna tonta película y buenas dosis de chocolate  (no escuchando a tus amigos aconsejarte a que te tires lo primero que te pase por el frente). Una vez recuperados volvíamos a apostar por el amor sin temor a mostrar nuestras cartas.

Hoy somos lo que somos porque no queremos ser algo más, nos pre-fabrican en docenas y en lugar de perfeccionar el molde cada vez lo hacen más abstracto, más carente de forma y de sentimientos, nos domina un falso deseo de gustar al otro por cómo nos vemos y no por como pensamos. Quizás abrirnos de mente y no de piernas nos hace paradójicamente más vulnerables. Posiblemente en el fondo sabemos lo que buscamos pero tememos que nos encuentre, estamos mejor en nuestra soledad porque no nos permite salir lastimados. Jugamos al cazador de las presas fáciles porque suelen ser las que menos exigen. Hemos cambiado a Neruda por Pitbull y así nos va bien. Dejaremos el Romanticismo sepultado junto a nuestras ganas de creer que existe alguien por quien valga la pena ser irracionalmente espontáneo y seguiremos buscando solo el brillo de nuestras pequeñas pantallas.

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