¿Qué se siente al Emigrar?

Una vez tomada la decisión comienzan a manifestarse esas tres palabras que día tras día y noche tras noche revolotean en tu cabeza, “Que pasa si…”  ¿Qué pasa si no consigo un buen trabajo?, ¿Qué pasa si me quedo sin dinero y estando tan lejos nadie me puede ayudar?, ¿Qué pasa si algún familiar enferma de gravedad y no tengo como regresar a hacerle compañía?, ¿Qué pasa si la que se enferma soy yo?, ¿Qué pasa si no consigo amigos tan buenos como los que estoy dejando?, ¿Qué pasa si me deprimo de tanto extrañar?, ¿Qué pasa si no era lo que yo esperaba?, ¿Qué pasa si no lo puedo afrontar?, ¿Qué pasa si no es la mejor decisión y me doy cuenta demasiado tarde?, ¿Qué pasa si no soy feliz?… y así, una lista interminable de “Que pasa si…” se empeñan en sabotear la etapa de los preparativos.

Una mezcla entre alegría y pánico te invade cuando ves tu pasaje en mano y sabes que la fecha de retorno que allí aparece es solo parte de la burocracia, ya que en Venezuela ninguna aerolínea te vende boletos One Way.

Los buenos consejos de esos pocos amigos que realmente desean lo mejor para ti se convierten rápidamente en una inyección de energía que reafirma tu instinto de superación y tus ganas de no fracasar en el intento. Por otra parte también toca aguantar a esos quienes te aseguran que a dónde vas es peor, que lo mejor es no arriesgarte, que aquí estas bien, que tienes tu propio negocio, que allá no hay trabajo y que seguramente te tocará limpiar pisos o cuidar ancianos para subsistir, que tu no fuiste a la universidad para eso, que ellos tienen un primo, tío o sobrino que se fue y ahora dice que quiere regresarse aunque sea nadando, que a fulanito lo humillaron mucho porque era moreno y que zutanita nunca encontró trabajo y ahora vive de las ayudas del Gobierno… En fin, es tanto lo que dicen que decides oír y no escuchar, porque si algo toca aprender es que la gente para arreglarle la vida a los demás esta mandada a hacer, nadie los llama, ellos vienen solitos y hasta se pagan el pasaje sin invitación, así que toca armarse de valor, rezar para que tu experiencia no sea la misma de ese sobrino y aplicar el refrán “A palabras eléctricas, oídos desconectados” para no terminar electrocutado al primer intento.

Llega el día en que toca despedirse. Quieres abrazarlos a todos tan fuerte como para fundirlos en tu piel y llevar su aroma contigo durante todo el vuelo, intentas llenar de fuerzas a esa madre o a esa abuela que dejas desconsolada ante la promesa de verte pronto. Dejas caer una sonrisa recordándoles que ahora tienen una excusa para viajar más y que gracias a Skype ni siquiera se van a dar cuenta de los 7.200  kilómetros que los separan. Intentas no derrumbarte ante ellos, al fin y al cabo fue tu decisión sacrificar su compañía a cambio de intentar conseguir una vida mejor. Así que a tragarse las lágrimas!, hacer de tripas corazón y mirarles por última vez hasta perder de vista sus siluetas. Lo más difícil es cuando te marchas con la certeza de volver a verles pero sabes que existe una posibilidad que quizás esta sea la última estampa grupal grabada en tu memoria durante años. Es allí cuando surgen nuevas  preguntas mientras chequeas el equipaje: ¿y si nunca pueden viajar todos juntos?, ¿y si yo no regreso?, ¿Cuántos años ya tiene mi abuela? – creo que está cerca de los 80!.

Subes al avión. En la pequeña ventanilla observas con nostalgia las lucecitas de esa tierra que te vio nacer, imaginas que en alguno de esos carros se encuentran varias personitas que has dejado con el corazón roto y rezando por ti para que cruces el charco a salvo. Ya no hay vuelta atrás.

Todas las sensaciones son nuevas ahora, todo es diferente, incluso hasta el sol. Resulta extraño acostumbrarse al protocolo que supone cruzar una calle o subir a un bus. Quieres fotografiar todo!, la comida, las plazas, la gente, los edificios y hasta la panadería de la esquina. Poco a poco comienzas a darte cuenta que puedes caminar y hablar por teléfono al mismo tiempo sin la paranoia porque alguien te persigue para quitártelo. Te preguntas ¿Cómo es que no me había decidido antes?, ¿Cómo es posible que piense que esta sensación de libertad es algo “anormal” y que me haya acostumbrado tantos años a vivir bajo el miedo? ¿Cómo hago para que mi familia disfrute de esto también?. Es justo ahí, en ese último punto cuando te provoca meterlos a todos en un teletransportador y que mágicamente aparezcan aquí para que también puedan disfrutar de esa libertad que hasta ahora les ha sido negada. Te recuerdas a ti mismo que no puedes darte el lujo de hundirte en la tristeza por la impotencia de lo que no puedes cambiar, ya que esto podría suponer que te enfermes y después la cosa se pone peor. Te acostumbras a vivir el día a día con la esperanza colgada en que todo va a salir bien.

Pronto dejas de sentir el acento en los programas de televisión, aprendes nuevas palabras y te convences a ti mismo que de nada sirve pensar “Si en mi país se le llama caucho, no tengo porque decirle neumático” Te recuerdas que NO ESTAS EN TU PAIS y si aquí es neumático pues neumático se queda y punto.

De pronto conoces al primer Paisano. ¡Qué alegría la falta de acento!, Que alegría que te entiendan cuando le hablas de los cauchos del carro y que no se ofenda si le dices – No seas rata chico!. Armamos entonces la tertulia sobre todas las cosas “raras” que hemos visto hasta ahora, sobre todo lo que no nos gusta y sobre lo que nos ha tocado aprender, las anécdotas de todas las ronchas que hemos pasado, le echamos la culpa al Gobierno porque gracias a su Des-Gobierno nos hemos visto obligados a huir de nuestra Patria y terminamos coincidiendo en que aquí estamos mejor, que ha valido la pena el sacrificio.

Cada noche te vas a la cama pidiéndole a Dios porque no tengas que despertar con una nefasta noticia. Una sensación de alivio aparece cuando abres los ojos y no hay novedad en el teléfono. Intentas convencerte que debes alejarte de esos pensamientos tan negativos, no sirve de nada torturarte psicológicamente de esa forma porque si nunca sucede algo malo malgastaste horas y energía sin sentido alguno. Es difícil controlar este miedo.

Tus días se van llenando de actividades que disfrazan la nostalgia. De pronto escuchas una canción que te recuerda a tu padre o a tus hermanos y buscas su foto en el teléfono, la miras durante varios minutos, lloras la mayor parte del tiempo y besas la pantalla empañándola con tus lágrimas. Respiras y sigues adelante.

Cuando menos te lo esperes recibirás un mensaje de algún fulano que solo has visto un par de veces diciéndote que tiene planes de venir pronto y que lógicamente espera que pueda quedarse en tu casa, por aquello de recordar viejos tiempos, aun cuando ni siquiera estando en el mismo País te había visitado. Es curioso como de esos fulanos nunca recibes un mensaje para saber si estás bien, si tienes comida, si te sientes solo o si necesitas desahogarte. Es aquí cuando tus dudas se despejan y ratificas que nadie está allí para ti, que tus decisiones se deben basar solo en lo que crees y no en lo que muchos opinen. Sentías miedo por dejar atrás a una multitud que se esfumo al igual que las lucecitas que veías por la ventana. Gente que te hacía sentir querido e importante, gente que temías extrañar y dejar atrás. Es ahora cuando aceptas que todo era un espejismo. Los verdaderos amigos siguen allí. Firmes a pesar de la distancia, no conocen de fronteras y sabes que aunque no te escriban frecuentemente permaneces en su corazón, así como ellos en el tuyo.

Con el tiempo llegan nuevas amistades, con alguno toca narrar una y otra vez la misma historia que justifica renunciar a todo por comenzar de cero. Algunos lo entienden (o al menos así parece), otros te miran incrédulos como si se tratara de una película de ciencia ficción. Unos empatizan de inmediato, otros se alejan poco a poco. Todos son diferentes, todos son únicos. Te hacen sentir la normalidad, agradeces su compañía en medio de tu soledad, ríes con ellos, aprendes de ellos, les dejas un poco de tus locuras y le sonríes con gratitud a la vida por haberlos cruzado en tu camino.

Nada es tan simple como lo pintan en las películas, pero con absoluta confianza me atrevo a decir que vale la pena!, que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado. No se puede avanzar con apegos, hay que aprender que la vida es solo un ratico y que el temor a lo desconocido forma parte de ella. No por miedo a tropezar dejamos de caminar, no por miedo a fracasar dejamos de intentarlo, no por miedo al dolor dejamos de sentir y definitivamente no por miedo a morir debemos dejar de vivir.

© Patty Cardozo 2015

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